Reflexiones del autor sobre un trabajo de Benjamin Coriat y otros colegas franceses, en el libro colectivo de Los Economistas Aterrados: Cambiar de economía (2012).
 
2 Noviembre 2017. Reflexiones sobre la lectura del libro de Pierre Rosanvallon: “El capitalismo utópico. Historia de la idea de mercado” (1999).
 
Francisco Alburquerque Llorens
 
Artículo publicado en 20 de diciembre de 2016. Autor: Francisco Albuquerque Llorens.
 
Se trata de un artículo preparado por el autor para el blog de GARAPEN, la asociación vasca de Agencias de Desarrollo Económico Local, comentando la tesis principal del excelente libro de Dani Rodrik: “La paradoja de la globalización. Democracia y futuro de la economía mundial” (2012), la cual señala que las democracias tienen derecho a proteger su organización social, y cuando este derecho interfiere con los requisitos de una economía global, es ésta última la que debe dejar el paso.
 
El 25 de febrero de 2009, al cumplir los 65 años de edad, pasé a la situación de jubilado en el organismo oficial de la investigación científica en España, esto es, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Había entrado en el mismo a mediados de los años ochenta, dejando atrás 15 años de trabajo como profesor de universidad. Siempre estuve en contra de que el mecanismo de promoción de los científicos radicase solamente en la publicación de artículos, y no se tuviera en cuenta el grado de vinculación de los investigadores con los actores e instituciones locales. De ese modo, se retrasa condiderablemente la formación de sistemas territoriales de innovación (I+D+i) que, por definición, requieren el encuentro entre los actores locales y el llamado “sector de conocimiento”. En esta despedida ante mis colegas, hago alusión al compromiso crítico como intelectual al que traté de ser fiel, lo que me costó casi siempre la marginación en dicho organismo. Ante esa situación orienté mi vida profesional hacia la cooperación internacional para el desarrollo local en América Latina buscando apoyos externos en el Sistema de Naciones Unidas y los organismos de cooperación internacional.
Es una presentación pública que hice en El Ateneo de Madrid frente a la crisis económica y financiera desencadenada en 2008 en Estados Unidos y Europa, que afecta de forma destacada a la economía española (extremadamente dependiente de la especulación urbanística, inmobiliaria y financiera), y frente a la cual aún no se atisban ideas claras entre los dirigentes (ni en el PSOE ni en el Partido Popular) acerca del necesario cambio de modelo productivo incorporando innovaciones sostenibles en los procesos de producción desde cada ámbito territorial. En su lugar, el predominio de los intereses financieros ha situado como orientación única un recetario de ajuste y austeridad, lo cual agudiza la situación de crisis económica y desempleo extensivo.
Estado y mercado, un antagonismo más ideológico que real
Cuando en los albores del capitalismo británico del siglo XIX la nueva clase  ascendente, esto es, la burguesía industrial, tuvo que enfrentar los privilegios de la Corona, la Nobleza y la Iglesia, con el fin de ampliar sus horizontes de mercado, se construyó una contradicción básica que enfrenta las nociones de Estado y mercado, un antagonismo que ideológicamente sigue aún vivo en nuestros días.

Las posiciones extremas eran, de un lado, el liberalismo manchesteriano del siglo XIX, defensor de un Estado mínimo a fin de permitir el funcionamiento del libre mercado; de otro lado, se encontraba el ejercicio jerárquico de la autoridad política desde las diferentes instancias del Estado Absoluto. Desde entonces, se propagó la creencia en una autorregulación automática de los mercados que, tras un falso concepto de libertad, considera al Sector Público como sinónimo de ineficiencia y autoritarismo.

Sin embargo, la idea de que los mercados funcionan mejor sin intervención estatal es errónea. Los mercados siempre funcionan en un contexto de reglas e instituciones, y no pueden desplegar su actividad sin la existencia de infraestructuras, reglas, bienes públicos y otras importantes condiciones del  entorno territorial. Así, por ejemplo, la actividad comercial requiere infraestructuras de transporte, logística, comunicaciones, así como recursos humanos cualificados y condiciones de seguridad para hacer cumplir las leyes y reglas que hacen posible el comercio.

Las instituciones que apoyan a los mercados están diseñadas para reducir lo que los economistas llaman  “costes de transacción”, esto es, los costes que involucran dichas actividades. La creación de instituciones formales para la regulación de los mercados incluye entre otros aspectos sustantivos: (i) los sistemas impositivos que permiten obtener recursos financieros para asegurar la dotación de bienes públicos (infraestructura, sanidad, educación, etc.); (ii) los regímenes legales para la administración de justicia y tribunales que posibiliten el cumplimiento de los contratos; y (iii) bancos centrales que garanticen la actividad económica y el empleo en condiciones de regulación y estabilidad financiera.

De este modo, la presencia del Sector Público es muy importante en las economías avanzadas. Los países desarrollados poseen mercados que funcionan mejor porque las administraciones públicas tienen una mayor presencia en comparación con los países menos desarrollados. Hoy día, en la Unión Europea el gasto público es, en promedio, el 47% del Producto Interior Bruto, aunque hay países que exceden ese promedio como Suecia (55%), Francia (52,7%) y Dinamarca (51%), mientras otros países están por debajo del mismo, como España, Grecia y Portugal.

Según señala Dani Rodrik en su libro “La paradoja de la globalización. Democracia y futuro de la economía mundial” (2011), una de las razones del aumento del gasto público en las décadas posteriores a 1945 ha sido la apertura del comercio internacional.
Existe, pues, una correlación positiva entre volumen de comercio internacional y tamaño del Sector Público. Algunos países grandes (como EEUU), o más protegidos de forma natural frente a otros competidores (como Japón o Australia), muestran un crecimiento porcentual del gasto público menor que otras economías pequeñas o próximas a sus socios comerciales (como Suecia y los Países Bajos), que poseen un porcentaje superior de gasto público sobre el producto. En Suecia y los Países Bajos este porcentaje se sitúa entre el 55 y el 60%, mientras que EEUU, Japón y Australia tienen porcentajes inferiores al 35%.
La expansión de los mercados exige, por tanto, una ampliación del Sector Público
desde las diferentes instancias territoriales del mismo. Esta ampliación no se debe sólo a la necesidad de garantizar la seguridad, la salud, la justicia o la gestión de la macroeconomía, sino la formación de los recursos humanos en los mercados locales
de trabajo, la promoción empresarial o el impulso de los sistemas territoriales de innovación, entre otros aspectos sustantivos. Y se debe también a la necesidad de proteger a la ciudadanía de los riesgos e inseguridad propios del funcionamiento libre (o desregulado) de “los mercados”.El Estado del Bienestar se levantó, pues, a medida que se ampliaban las relaciones en una economía abierta. Defender hoy el recorte del gasto público e intentar destruir las competencias territoriales para el desarrollo económico local y el empleo no es solo una imposición autoritaria e ideológica, es una pretensión que no ha aprendido de las enseñanzas de la historia reciente en este país.Es preciso entender, además, tal como insiste Rodrik (2011) que si bien los Estados
nacionales son indispensables para garantizar el funcionamiento de los mercados nacionales, al mismo tiempo constituyen un obstáculo para el establecimiento de los mercados globales. La falta de un marco institucional global para los mercados internacionales y las tensiones que dichos mercados provocan entre instituciones locales son aspectos fundamentales para comprender los límites de la globalización económica actual. En realidad, las formulaciones fundamentalistas en favor de la autorregulación de los mercados tratan de minimizar la influencia de los Estados nacionales y dominar sus instituciones a fin de ponerlas al servicio de los principales grupos económicos.La crisis en el Sur de Europa muestra, pues, la creciente subordinación de las políticas gubernamentales a los intereses de las grandes corporaciones y las fracciones financieras del capitalismo global. Corresponde a las sociedades democráticas, incursionar en la arena política, mediante plataformas electorales conjuntas, que traten de enfrentar esta situación, superando las limitaciones de la democracia controlada por los grandes partidos, a fin de orientar el uso del excedente económico hacia aplicaciones productivas y de empleo sostenibles, regulando y limitando la especulación financiera, y retirando de posiciones de responsabilidad pública a los fundamentalistas de los mercados.
Actualidad de las enseñanzas de “La gran transformación” de Polanyi

En el año de 1944 Karl Polanyi publicó su obra “La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”, cuya segunda edición en castellano, del año 2003, aparece junto con un excelente prólogo de Joseph Stiglitz y una no menos importante introducción de Fred Block. La obra de Polanyi tiene hoy día un interés excepcional ya que se trata, en opinión de Block, de la crítica más aguda realizada contra el liberalismo de los mercados, esto es, contra la creencia de que las economías se organizan mediante el simple funcionamiento autorregulador de los mercados.

“La gran transformación” se centra en las circunstancias que generaron la primera Guerra Mundial, la Gran Depresión de 1929-1932, y el ascenso del fascismo en Europa continental, dando paso posteriormente a la importante intervención estatal del “New Deal” en los EEUU y la aplicación de las políticas económicas keynesianas en apoyo a la demanda efectiva. La defensa a ultranza de las reglas del “patrón oro” equivalía entonces a la creencia en los mercados autorregulados. Para los partidarios del liberalismo de mercado, el patrón oro era un mecanismo institucional de autorregulación, al igual que ahora lo es, para algunos, la defensa a ultranza de las políticas de austeridad y recorte del gasto público. Esta creencia básica del liberalismo económico está detrás de su intento sistemático por eliminar las limitaciones a los flujos comerciales y movimientos de capital internacional, y para reducir la intervención del Estado en la organización de las economías.

Pero Polanyi muestra que cuando se adaptó el patrón oro en la década de 1870, los efectos fueron contrarios a lo vaticinado por los defensores del mercado. En lugar de un mercado global integrado a través del patrón oro, que redujera la intervención de los gobiernos nacionales –tal como pretendían los defensores del libremercado- los diferentes países recurrieron a prácticas proteccionistas con el fin de hacer frente a la incertidumbre económica e inestabilidad social crecientes.

Hoy los neoliberales tienen la misma visión utópica que tenían entonces los defensores del patrón oro. Al igual que ellos, todo lo que señalan es que hay que confiar en la efectividad de los mercados autorregulados para lograr la recuperación del crecimiento y el empleo… Pero esta visión utópica de los liberales del mercado nos lleva a escenarios de mayor conflictividad, junto con restricciones a la democracia y la libertad, sobre todo si pensamos –como lo hacía Polanyi- que el verdadero significado de la libertad en una sociedad compleja es el de proporcionar la certidumbre que necesitamos.

Los excesos especulativos y la creciente desigualdad social y territorial en nuestras sociedades destruyen, como señalaba Polanyi, las bases de una prosperidad sostenida. Ni los seres humanos, ni la naturaleza, ni el dinero, pueden ser considerados como mercancías. De ahí que la economía y la lógica de los mercados deban subordinarse (“arraigarse”, como señalaba Polanyi) a la sociedad, no al contrario.

Tanto el funcionamiento de los mercados como sus mecanismos institucionales de regulación por parte de una sociedad democrática son parte del modelo de funcionamiento de su sistema económico. Por eso es que las sociedades tienen que construir no solamente un modelo productivo de carácter sostenible (ambiental, económico, social e institucionalmente), sino su correspondiente acuerdo político democrático.

Seguir guiados por la mediocridad y utopismo del pensamiento liberal de merado solo nos lleva cada vez más cerca del precipicio. El libre capitalismo de mercado, como señalaba Polanyi, no es una opción real, sino solamente una visión utópica. Hay que trascender la lógica de los mercados autorregulados y subordinarlos a las exigencias de una sociedad democrática y libre, en todos y cada uno de sus diferentes territorios.

El esfuerzo es doble, tanto a nivel general del Estado central, como en cada una de las Comunidades Autónomas. Repensar los modelos productivos de cada una de éstas y desplegar políticas de desarrollo territorial con los agentes locales es un requisito fundamental.

De modo que en lugar de seguir insistiendo únicamente en el indicador de la “prima de riesgo”, habría que atender fundamentalmente al riesgo de no preparar una alianza territorial apropiada para asegurar la incorporación de las innovaciones tecnológicas, sociales, institucionales, ambientales y organizativas que el nuevo modelo productivo requiere en cada ámbito local.

Madrid, 18 de junio de 2013
Francisco Alburquerque
Especialista en Desarrollo Económico Local